1.El Confidencial – José Antonio Zarzalejos – RTVE retransmite en directo la ‘muerte silenciosa’ del sistema
Sánchez es perfectamente consciente del alcance de sus decisiones porque participa de la misma idea subversiva que sus socios. Por distintos caminos, el objetivo es similar: tumbar la Constitución

La entrevista de Pedro Sánchez en RTVE tuvo solo una utilidad nada menor: acreditó que el presidente del Gobierno gestiona una transformación del sistema constitucional en un régimen iliberal, alejado de cualquier paradigma propio de las democracias occidentales. En el contexto teórico de Sánchez, los mandatos constitucionales, las convenciones de la democracia liberal, el principio de responsabilidad política, el mínimo compromiso con la verdad y el más elemental respeto a las instituciones, decaen, carecen de vigencia y, lo más extraordinario, ninguna instancia eficaz denuncia que estamos ante un fin de ciclo manejado en la forma en la que lo hacen los líderes del autoritarismo contemporáneo.
Los principios del nuevo régimen consisten en un supuesto mayoritarismo social y en el decisionismo del líder. Él se convierte en el intérprete de la auténtica democracia, él dicta los tiempos, él se sobrepone a las normas, él orilla cualquier obstáculo por legal y razonable que sea. Él es el poder en estado puro que, además, detenta como un patrimonio personal. De ahí que cuando Sánchez reclama ‘más tiempo’ esté exigiendo la patente de corso; lo mismo que cuando niega su dimisión en cualquier hipótesis; igual cuando dicta sentencia y declara a su hermano, a su mujer y al fiscal general del Estado inocentes en los procesos penales conducidos por jueces prevaricadores.
El procedimiento para que esta situación inquietante y peligrosa para las libertades sea posible en la España de 2025 consiste en la sencilla rentabilización de la histórica tensión territorial. La alianza del presidente del Gobierno con el golpismo separatista de Junts y de ERC y con la subversión de los proetarras de Bildu, en perfecta combinación con la ambigüedad blanda del PNV y el afán de revancha de la extrema izquierda, ya ha destrozado el pacto de la Transición que las generaciones por debajo de los 55 años no han llegado a experimentar.
Sánchez y su Gobierno son perfectamente conscientes del alcance de sus decisiones porque participan de la misma idea subversiva que sus socios. Por distintos caminos, el objetivo es similar: tumbar la efectividad de la Constitución, orlarla con elogios ditirámbicos y no cumplirla en absoluto.

El modelo confederativo (España, Cataluña, País Vasco con Navarra) es la ‘última ratio’ de las políticas de Sánchez porque en esa composición territorial, en la que el Estado constitucional desaparece, él se eleva como el garante del mantenimiento del nuevo ‘estatus’ de los nacionalismos y secesionismos vasco y catalán. La financiación de Cataluña se aproximará a la vasca y la navarra para sobre esa ‘singularidad’ articular una alteración copernicana de la concepción nacional de España, introduciendo hasta los tuétanos la plurinacionalidad.
Se entiende así el porqué de los comportamientos gubernamentales que están haciendo fracasar el Estado de las autonomías. Siendo distintos ya los autogobiernos vasco, catalán y navarro, las autonomías, controladas mayoritariamente por el Partido Popular, deben ser refutadas como ineficaces e incompetentes. La pandemia, la dana, el apagón, los incendios forestales no adquieren la dimensión ‘nacional’ porque el propósito de Sánchez es que la entidad nacional no exista, se desvanezca.

Los indultos, la amnistía, los privilegios económicos y financieros a los secesionistas, la complicidad para que los terroristas terminen siendo considerados ‘antifranquistas’ respetables (¡si les contara lo que está sucediendo en el País Vasco, sentido y vivido con intensidad en las ‘borrokas’ festividades estivales!), la rehabilitación política de los delincuentes y la excitación de las bajas pasiones para que un sector cada día más numeroso de la sociedad española devore la centralidad del Partido Popular en beneficio de Vox, aliado natural de Sánchez, responde todo ello a un plan, a un proyecto de régimen que, como tal, permita la perpetuación del estólido personaje en el poder.
Una de las claves para que prospere esta conjura es la dominación de la judicatura y el sostenido control de la justicia constitucional. Lo primero es más difícil que lo segundo, pero perfectamente posible. El golpeteo verbal de Sánchez sobre la reputación profesional de los jueces y magistrados, el control absoluto de la fiscalía y el manejo de los rencores del atrabiliario presidente del Constitucional, conforman una estrategia a la que se suman, unos dolosamente, y otros, estúpidos, con la misma ingenuidad de los alemanes en 1933 (lean ‘Síndrome 1933’ de Siegmund Ginzberg). En ‘El fracaso de la República de Weimar’ de Volker Ullrich, el autor escribe que ‘la muerte silenciosa’ de la Constitución alemana de 1919 ‘podría convertirse en un caso modelo para analizar la decadencia, incluso, de democracias occidentales con gran tradición’. Pongamos que es lo que sucede en nuestro país.
Sánchez, y así apareció el lunes en la entrevista en RTVE, es un político peligroso, destructor. Pepa Bueno, que le formuló un correcto e incisivo cuestionario, cometió un error de apreciación al final de la conversación. Fue cuando aseveró que el presidente era víctima de una campaña de ‘deshumanización’. Lo que sucede es exactamente al revés: es él quien ha deshumanizado la gestión pública y ese odio que la periodista dijo se percibe contra él, le reconforta porque le afirma en lo que pretende, que es el antagonismo destructivo: el muro. Su umbral emocional, ínfimo, le protege hasta de la contundencia de las preguntas de la pacense a la que ninguneó con respuestas propias de su rutinaria mendacidad.
La entrevista de Pedro Sánchez en RTVE tuvo solo una utilidad nada menor: acreditó que el presidente del Gobierno gestiona una transformación del sistema constitucional en un régimen iliberal, alejado de cualquier paradigma propio de las democracias occidentales. En el contexto teórico de Sánchez, los mandatos constitucionales, las convenciones de la democracia liberal, el principio de responsabilidad política, el mínimo compromiso con la verdad y el más elemental respeto a las instituciones, decaen, carecen de vigencia y, lo más extraordinario, ninguna instancia eficaz denuncia que estamos ante un fin de ciclo manejado en la forma en la que lo hacen los líderes del autoritarismo contemporáneo.
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