Polvo de verano: ‘Amor’, por Pol Guasch

En el centro del dolor había una pregunta imposible: si Gael quería follar con otros chicos, ¿cómo podía frenar él ese deseo? Nico aceptó el trato por no perderlo

Follar se había convertido en una suerte de competición. Así lo habían decidido, pensaba Nico, aunque él se había resistido hasta el último momento. Gael le había hablado de ese libro de Miranda July, que había leído buscándose a él mismo todo el rato, también de las pelis de Alain Guiraudie, y de no sé qué podcast que había escuchado en el gimnasio. Gael no le había confesado que en el gimnasio no escuchaba el podcast: miraba a un chico. Esos eran los argumentos que había utilizado para convencerlo. Nico aceptó el trato cuando llegó a la conclusión de que decirle que no era aferrarse a la fantasía de poseerlo: si él quería follar con otros chicos, ¿cómo podía frenar ese deseo? El dolor venía de ahí. De esa pregunta imposible.

Lo decidieron, y follar con desconocidos se convirtió en una competición sin pistoletazo de salida. Primero era un asunto que tenía que ver con la fiesta: Gael echaba de menos esas noches que terminaban con recompensa. Hacía años que escrutaba, felino, las discotecas en vano: había perdido el deseo de bailar, de drogarse, si no existía una presa escondida entre la masa. Dejaron entonces de salir juntos y, cuando lo hacían, era como si todo el rato se suplicaran algo que no se atrevían a reconocer, pidiéndose que no actuaran, que mutilaran el deseo, que dejaran de mirar tanto. Más tarde, Gael propuso introducir las aplicaciones para ligar: estuvieron una tarde entera, con la luz que se apagaba lentamente por las ventanas, discutiendo los pactos. A Nico le irritaba ese nuevo lenguaje que Gael había aprendido a declinar: ¿quién se lo había enseñado? Hablaba de su relación como una cosa que era capaz de mirar desde todos los ángulos, como si existiera fuera, allí, y él no estuviera implicado. Los recuerdos compartidos se convirtieron en hechos; su historia, en un objeto de análisis.

Decidieron que se lo contarían todo, pero más tarde se tuvieron que encontrar dándole la vuelta a la pantalla del móvil mientras cenaban en la terraza y llegaba una notificación, o girando sutilmente el ángulo de la mano mientras chateaban con alguien en el sofá. Hay misterios y misterios, y ese era uno que habían acordado instalar entre los dos: un misterio sin enigma, un secreto doloroso. Nico creía que ya no tenían nada que descubrir juntos. Gael creía que un nuevo mundo se había abierto para ambos.

Fue idea de Nico. Se lo propuso él porque estaba seguro de que, si lo veía, la obsesión se acabaría desvaneciendo. Al final, se convencía, eran los monstruos de la imaginación: todo es peor cuando uno se lo inventa. Subieron una foto juntos y escribieron que buscaban a un tercero. Empezaron a llegar mensajes. Tumbados en la cama, Gael los leía en voz alta y Nico, que lo intentaba escuchar, solo pensaba que se habían convertido, con el tiempo, en el cliché que se había prometido evitar. Eran dos maricones más, se dijo, aburridos de la vida que habían escogido.

El chico entró por la puerta convencido, sin dudar, Gael le ofreció una cerveza, por qué no vamos a la terraza, dijo, y Nico dejó que él condujera la conversación. Le dolía descubrir en su pareja una parte hasta entonces escondida: cuando las palabras banales que ocultan el deseo habían sido para él no le habían sonado extrañas. Entonces eran el lenguaje del juego; ahora, en cambio, le resultaban artificiales, prostéticas, y su novio era como un contenedor que expulsaba tópicos y lugares comunes. De la terraza fueron al sofá, y del sofá a la cama, y había en todo eso algo de traición, pero no del uno hacia el otro, se repetía Nico, sino una traición hacia lo que habían creado juntos. Esas caricias del chico desconocido eran dolorosas por la distancia que abrían entre los dos. Recordó, mientras follaban, que el final del libro de Miranda July era radiante: el matrimonio aprendía a ser feliz en una relación abierta y poliamorosa. Era cuestión de paciencia y de tiempo. Sobre todo de tiempo. Tiempo para acostumbrarse al dolor. Pero no, se repetía mientras ese chico desconocido lo movía en su cama, proponiendo una pose impracticable, no, no lo podía pensar como una habituación al dolor: eso tenía que ser una decisión. Un nuevo modo de vida.

Sin decírselo, no lo repitieron más. La paciencia y el tiempo hicieron su efecto, pero a costa de algo que no sabían identificar y que ya habían perdido. Se continuaban dando por hecho mutuamente, ahora de un modo distinto: necesitaban repetirse que se tenían. Lo hacían con cenas que pactaban cuadrando las agendas, regalándose conciertos a los que acudían más o menos emocionados, quedando después del trabajo para dar un paseo. Ambos se hicieron con un pensamiento que nunca llegaron a compartir: ¿y si la falta de deseo no tenía que ver con el otro sino con uno mismo?

Nico releyó el libro de July y volvió a las películas de Guiraudie, también de Dolan, escuchó en bucle ese podcast, y otros, en busca de respuestas. Quería saber. Intentó repetir algunas frases que decían los personajes, pero en boca suya sonaban absurdas, tan falsas. Escribió a amigas y se descubrió incapaz de hablar de algo que no fuera él, y cuando ellas le respondían, aconsejándolo, solo se fijaba en sus labios moviéndose, donde aparecía, como una condena, Gael. Sabía, porque se lo habían dicho, que el amor era una certeza ilusoria. Que el pacto de una relación cerrada y monógama era tan frágil como cualquier otro, aunque no lo pareciera. Pero de todas las certezas ilusorias, Nico se quedaba con aquella que no le hacía sufrir por si su novio le estaba repitiendo las mismas palabras de amor a otro tío en cualquier lugar lúgubre de la ciudad. Así se lo imaginaba: si estaba follando con otro, era en un lugar lúgubre.

Antes que Nico se fuera de viaje con su familia, Gael propuso pasar un día en su pueblo, allí donde solían escaparse juntos cuando empezaban a conocerse. Llegaron bien entrada la noche y el espíritu desangelado del lugar contrastaba con la familiaridad que Nico sentía cada vez que entraba en esa casa. Follaron como se folla con morriña, con algo de añoranza y deseo acumulado, y Nico se sintió, por primera vez en mucho tiempo, rabiosamente joven, funcional, afortunado de ese cuerpo atlético que odio demasiado, pensó, y que a menudo trato mal, pero se miraba así, despertando el deseo de su novio que lo follaba y lo miraba y le decía que lo quería como no había querido a nadie. Cenaron pizzas y una botella de vino que habían comprado en una gasolinera justo antes que cerrara. Por la mañana, follaron al despertarse (se lo rogó Nico) y después de preparar una ensalada, a punto de ir a la piscina del pueblo (se lo rogó Gael). Al despedirse en la estación de buses que los separaba, esa misma tarde, Nico sintió una tristeza familiar: no sabía reconocer si era porque se quedaría más rato con Gael, o porque una parte de él renunciaba a entregarse como lo había llegado a hacer antes, como si saberse del todo en sus manos, ahora, le despertara un pánico sutil. Puede que fuera otra cosa, pensó, o ambas juntas: a su lado le costaba respirar, pero se sentía seguro. 

Pol Guasch. Tarragona, 27 años. Escritor y poeta. Se graduó en Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona. En 2021, ganó el Premio Anagrama de Novela en catalán por Napalm en el corazón, que después se traduciría al español y otros idiomas. 

Traducción del catalán del autor.

Polvo de verano: ‘La avidez’, por Elizabeth Duval

Una reunión de amigos y sus parejas al borde del mar. Los papeles repartidos y la sensación de ser inmortales. El agua, el sol, el alcohol y una pregunta como contraseña: “¿No es divertido ver cómo transforma el apetito a las personas?”. La respuesta son caricias y, al fondo, la timidez o tal vez la culpa

Siempre hay un desliz, un instante en el que el otro desvela sin quererlo o queriéndolo que contra ti se sublevaría y de golpe en sus ojos no sólo es visible un reflejo, sino también el hambre. Es como darte cuenta de la estrategia que seguía desde que empezó la partida: ha cambiado algo y su mirada ahora baja a la boca y después la evita. No es un roce de los dedos, porque entonces sería en el tacto demasiado evidente, más bien aleación de avidez y cautela líquida. Queda la duda de por qué una no lo ha captado antes, duda luego suplantada por la conciencia de que antes quizás ese arrebato de voluntad no existía, o no aún: qué puede hacerse al encontrar la fuente de energía hasta entonces desconocida, a cuántos pueblos de costa podría proveer de luz sin esfuerzo, acaso serviría para escapar de la muerte, del mar, del frío; podría yo deshacerme en esas manos.

El bochorno era más soportable en movimiento, pensábamos, sentados en una furgoneta roja de otra época cuyos cinturones de seguridad no habían sido capaces de proteger a nadie, nunca, ni en esta vida ni en otras. Mi amigo Luis conducía feliz, como lo es quien está a punto de ser padre primerizo y vuelve a ver el futuro como una promesa. Ni Carlos ni yo lo habíamos visto en bastante tiempo, con menos frecuencia desde que el amor y una plaza de profesor de Filosofía de la Mente en la UAM Iztapalapa lo habían mexicanizado por completo. Rebeca, su mujer, nos esperaba en la casa de Port de la Selva, con una pamela que la hacía parecer guiri y no latina, la tripa por seis meses hinchada y las toallas preparadas para abalanzarnos sobre la espuma. Escaseaban los días por delante y temíamos que tras el amanecer soplara la tramontana. No podíamos perder el tiempo. Como todavía éramos jóvenes, pensábamos que nos sobraban neuronas que ahogar con cerveza y ratafía. Bromeábamos, creyéndonos listísimos y casi guapos; hacíamos planes para la próxima hora, cuando ya se hubieran secado nuestros cuerpos al sol; dejábamos que cayera la noche y volvíamos a la furgoneta para cenar pollo tandoorien un restaurante-cueva a las afueras. En todas las fotos que guardo aparecemos sonrientes, radiantes como inéditos dioses del mundo; nos encontrábamos gatos silvestres y les dábamos nombres nuevos.

Tuvimos suerte: cuando me desperté, tarde, ya las once, las cigarras, las gaviotas y el sol auguraban repetición. Carlos estaba sentado con un café en la mesa; me enseñó un subra­yado, en la página del libro que iba leyendo, sobre el ruido del agua entre las rocas como secreto y vicio. “Vete a saber qué discursos se deja susurrar una mujer como usted por el oleaje”. Me imagino lo que se dicen antes, cuando están abrazados. Contó que Luis había ido a Portbou a buscar a Ale, que se unía a nosotros tras sus propios días perfectos en la Costa Azul. Me sorprendió y extrañó esa visita. El plan de Luis era acercarse en Vespa después hacia una cala más apartada y rocosa; no quedaba lejos, así que podía alcanzarlos y darme un baño antes de comer si salía ya.

Sólo había que bajar dos o tres calles empinadas para llegar al puerto; saludé de paso en el Bar Gus, que tantas alegrías nos venía dando, y tomé el camino sinuoso de subida y bajada a la vera de la costa hasta llegar a la cala Tamarina. Desde el mirador pude ver el agua que el cuerpo de Ale arrastraba consigo al alzarse y cómo las gotas permanecían fijadas a su superficie como destellos mínimos de luz, las hebras de pelo mojado chorreando para deshacerse al contacto con el sol. No se percató de mi presencia; Luis sí, recostado sobre el pareo que habían colocado en una parcela más plana, y me saludó con complicidad. Entreví una oportunidad para la sorpresa cuando Ale volvió a zambullirse: dejé mi bolsa de tela con Luis, me quité las gafas de sol y me quedé en biquini de dos piezas, entré al mar sin sentir frío antes de que ella levantara los ojos, lo siguiente que vio de mí fue un cuerpo nadando sobre la espalda. Al salir, me salpicó con un manotazo al agua, me llamó idiota y me amonestó por casi asustarla. Dudé sobre si estaba más morena que la última vez que nos vimos o si simplemente no me había fijado tanto en el tono de su piel por la noche. El sol había marcado su nariz con pequeñas efélides; su bañador rojo, de escote halter, me parecía por mojado más oscuro que cuando contemplaba desde lejos las perlas de luz que desprendía.

Comimos en el club náutico cogiendo directamente de la paella el arròs negre, algunos introduciendo con más cuidado la cuchara que otros. Aún notaba mi piel y ropa húmedas, pero los camareros conocían a Luis, sabían que éramos sus invitados y no exactamente turistas, o al menos no extranjeros, así que nos trataban con cierta permisividad. Ale explicó que había decidido estirar sus vacaciones para volver a Madrid a la vez que su novio, que había volado directamente de Marsella a Sevilla para pasar unos días con su familia. Apreciaba a los suegros, prefería un chapuzón. Rebeca enseñaba su tripa y todos los nombres que Ale sugería le parecían abominables: Tatiana, ni hablar; Valentina, no tiene un pase; Sofía, ¿en serio?; la modernez insinuada por Carlos de buscar un nombre neutro, por si las moscas, tampoco parecía convenirle. Estuvimos riéndonos un rato hasta que quiso descansar; cerramos la cuenta, nos trajeron los digestivos, abrimos otra cuenta, y Luis acompañó a Rebeca a casa con la promesa de que nos reencontraríamos todos a la noche como tarde, entre guirnaldas, cerca de los chiringuitos de playa del pueblo. Aún conscientes, esperaba.

En la sobremesa, cuando Ale se reía, inadvertidamente acariciaba con un mechón mi hombro o notaba yo el tanteo del tacto de una mano. Quizá saldríamos de esta siendo amigas. Atardeció. Ni rastro de Luis y Rebeca, quién sabe si seguirían dormidos. Carlos ojeaba a un chico joven de melena rubia y surfera, sin camiseta, vestido sólo con unas bermudas; el olor a porro que este desprendía hacía difícil saber si había hallado en él a un camello o a una presa. Los altavoces de la plaza hacían sonar el último hit del verano, otra canción de Bad Bunny, clásicos de hoy y de ayer; en algún momento todos los demás desaparecieron mientras nosotras dos nos movíamos con la mezcla de torpeza y compostura inverosímil que trae consigo el alcohol. Creo que fue la primera vez, desde que nos presentaron, que nos quedamos a solas.

No alcanzo a recomponer la escena hasta saber cómo nos hallamos las dos a la orilla de un espigón mientras se oía distante la música. “Los pasos son fáciles”, le decía, sin tener realmente ni idea de los pasos; los pies adelante y atrás, giros, vuelta y pausas. Cuando fracasábamos nos reíamos. “Menos mal que no estamos haciéndolo difícil”. Al fumar yo, ella, que nunca fumaba, hacía un gesto para que le colocara el cigarrillo entre los dedos y poder describirlo luego como un mareo pequeño. Mi espalda rozaba el apoyo de los cantiles. Le pregunté qué sería exactamente hacerlo difícil y me fijé en el final de perversión que se le escapaba de la comisura. “Hacerlo difícil sería meternos en un lío”. Pero me gusta saber que soy capaz de provocar este efecto en ti. Su otra mano había estado acariciando mi espalda durante los últimos segundos, que yo registraba con retardo. “La novia de tu colega, a la que miras por encima del hombro; ni de lejos tan lista como todos vosotros”. Sentí la respiración acelerándose mientras sus labios rozaban la porción de piel entre mi mandíbula y el cuello. “¿No es divertido ver cómo transforma el hambre a las personas?”, susurró mientras yo notaba primero la caricia de dos dedos por debajo de mi bañador levantado, ahogó mi voz besándome al introducirlos dentro de mí e ir palpando lentamente hasta dar con algo más rugoso; acerqué su cuerpo al mío mientras ella seguía moviendo la muñeca, chocaron sin querer nuestras frentes, lamí por los bordes su oreja, mordí su lóbulo, sentí una pequeña victoria y un desconcierto al oír cómo ella jadeaba e inevitablemente mis manos también empezaron a buscarla. Pensé en su cuerpo bronceado desde el mirador como si fuera entonces la primera vez que lo había visto; fui conociendo con el tacto lo que con la vista había podido intuir, querría haber bajado mi boca a su pecho, temblé al notar cómo el movimiento se convertía poco a poco en descarga.

Al día siguiente marchó a Madrid. No volví a ver a Ale hasta octubre. Álvaro regresó en septiembre de la estancia de investigación que lo había mantenido ocupado en Londres y yo agradecí como nunca la recomposición acelerada de nuestro domicilio conyugal. Llegamos de la mano al Ambigú del Pavón, donde Carlos celebraba su cumpleaños; cerca del escenario, conversando con otras personas sobre otras cosas, estaban lado a lado Ale y su novio, y no supe si en el gesto de ella lo que había era un quiste de timidez y frialdad o la conciencia cruel, pegajosa como sus dedos en la playa o el agua del Mediterráneo, de cómo se cernía sobre nosotros, como se cierne siempre, la red del hambre y la avidez, aleación de saliva y sombra líquida, que escribe con sus antojos las escenas que hacen y deshacen los veranos.

Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, Madrid, 24 años) es escritora y activista por los derechos de las personas trans. Se licenció en París en Filosofía y Filología Francesa. Ha sido secretaria de comunicación de la formación Sumar. 

Polvo de verano: ‘Calufa’, por Beatriz Serrano

El termómetro en los 38 ºC. Una corrala de vecinos. Y una pregunta: ¿por qué todos ellos, los de izquierdas y los de derechas, los jóvenes y los viejos, los heteros y las lesbianas, follan y yo no? La finalista del Premio Planeta, Beatriz Serrano, inaugura una serie de relatos alrededor del verano y el sexo

Leí en alguna parte que, en los países donde hace mucho calor, suele darse un mayor número de crímenes violentos. Pasa lo mismo en el resto de los países cuando llega el verano y aumentan las temperaturas. No se sabe muy bien el porqué de esta correlación, aunque una de las teorías psicológicas apunta a que sucede porque la gente duerme mal, suda mucho y está más irascible. Y entonces, claro, pasan cosas.

Tiene sentido. Imagina estar en uno de esos cruces de caminos urbanos ideados por el mismísimo demonio, donde la clásica cayetana-mencía-olivia con su Mini color verde botella, su superioridad moral lumpenburguesa y su rostro sereno de dormir a pierna suelta al fresco de las noches de Las Tablas tras “un bañito de última hora en la pisci”, te toca el claxon no una, ni dos, sino tres veces (pi pi piiiiiiiii) cuando el semáforo se pone en verde porque has tardado una unidad de milisegundo en poner en marcha tu triste Seat Panda del color de la desesperanza (es decir, gris clarito). No me extrañaría lo más mínimo, mucho menos después de la noche que has pasado revolviéndote en las sábanas húmedas de tu camita en tu piso abuhardillado de 35 metros sin aire acondicionado, que te bajaras del coche como un miura, con todas las ganas de España de meterle tal hostia a la cayetana-mencía-olivia de turno que le bajase el rubio de las mechas y le lanzase las Ray-Ban Wayfarer donde Cristo perdió el tabaco, el mechero e incluso la ilusión.

Pienso en esta reconfortante escena de lucha de clases mientras chupo un calippo sabor lima limón sentada en el butacón de mi cuarto con vistas a la corrala del edificio. Observo cómo plantas situadas en el descansillo desfallecen a velocidad dramática, como señoras victorianas sobre divanes de terciopelo. Hoy no se atreven a salir ni los mosquitos. El tiempo parece detenido; borroso y sofocante. Es la tercera noche de la cuarta ola de calor en lo que llevamos de temporada y cada gota de sudor descolgándose de mi nuca también me genera ganas de cometer actos violentos.

De las anteriores olas de calor he aprendido tres valiosas lecciones. Una: que ducharse antes de meterse en la cama y acostarse mojada sobre las sábanas solo ayuda los primeros minutos y, además, produce cistitis. Dos: que no existe somnífero en la Tierra tan potente como para conseguir que me duerma a más de 35 grados y, por tanto, la única opción recomendable es la espera paciente hasta que el sueño me arrope después de unas cuantas noches en vela. Y tres y más importante: que todos mis vecinos follan más que yo.

Leí en alguna otra parte que el calor también produce un aumento del deseo sexual. Tampoco se saben a ciencia cierta las causas. Leí que puede estar relacionado con la liberación de feromonas con el sudor, que nos produce una especie de excitación animal. O que podría estar relacionado con estímulos ambientales; básicamente, porque enseñamos más piel. Incluso con el aumento de la temperatura corporal, que se confunde con puro deseo. Sea como sea, lo cierto es que mi patio de vecinos parece confirmar esta teoría.

Absorbo con fruición lo que queda de calippo hasta dejar tan solo un bloque de hielo sin sabor y me recuesto en el butacón, con los pies apoyados sobre el alféizar de la ventana abierta de par en par, a la espera de que se produzca el milagro de la ventilación cruzada. Ya sé que el del sueño no llegará hasta bien entrada la madrugada. La única solución es tomarse las horas venideras con cierto nihilismo y disfrutar del espec­táculo que me regalan las noches estivales. En torno a las 22.22, al caer el sol y con el termómetro marcando 38,2 grados, empieza la primera función en el bajo A.

Lo cierto es que no hubiese imaginado que el señor Antonio y la señora Margarita siguiesen teniendo relaciones sexuales a estas alturas de su vida. Y no se trata de edadismo, es que él va en tacataca y ella no es capaz de caminar sin emitir un quejido hondo acompasando cada uno de sus pasos (ay, ay, ay, hija, qué mal los cuerpos). Fue durante la primera de las olas cuando escuché por primera vez el metódico chirriar del somier durante no más de diez minutos, pero no menos de cinco, culminado con un animalesco brrrrrrrr, un rebuznar gutural como de borrico terminando de beber agua de un cubo metálico, brrrrrr y, finalmente, tras unos segundos de respeto, un “Antonio, un poquitito de agua fresca, hazme el favor”. Por alguna razón, al principio me negué a creerlo. Aquellas momias no podían tener una vida sexual tan activa en su diminuta cripta mientras que yo era incapaz de cerrar una cita en Tinder, incluso rebajándome a quedar con un calvo. Pero, al final, tuve que rendirme a la evidencia sonora: clac, clac, clac, clac, clac, brrrrrrrrrrrrr, “Antonio, un poquitito de agua fresca, hazme el favor”. Y así noche sí, noche no. El descubrimiento me hizo mirar de otra forma a mis vecinos cuando me los cruzaba en el supermercado, o al verlos pasear del bracito bien temprano, antes de que subiera el calor. Con admiración, sí. También con envidia. Tantos años y seguir así. Hace poco, abrí una conversación en Bumble contándole a un tipo en cuya foto salía abrazando a un koala justo esto, y me bloqueó después de llamarme pervertida: “¿Te gusta escuchar follar a tus vecinos de 80 años?”. “No es eso, hombre del koala”, quise decir, “es que me parece romántico, eso es todo”. Por eso no me incomoda escucharlos follar. Como si fuera el ruido blanco. Clac, clac, clac, clac, brrrrrrrr.

Lanzo los restos del calippo a la papelera cuando la señora Margarita pide el vasito de agua. Trato de adivinar en qué otro piso estarán a punto de darse un homenaje y pienso en el tercero C. Los vecinos del tercero C son menos regulares que los octogenarios, pero según mis cálcu­los ya llevan más de cinco días sin follar, así que hoy tocaría. Son jóvenes, atractivos y de izquierdas. Y esto lo sé principalmente por las banderas que cuelgan de su balcón: una bandera morada con el eslogan #NiUnaMenos cuando se aproxima el 8-M, una bandera arcoíris todo el mes de junio. Ahora, una bandera de Palestina. Cara a cara no he hablado mucho con ellos, más que un hola y adiós y alguna conversación sobre el tiempo o el paso de las estaciones. Él es de ese tipo de personas que utilizan palabras como “fluir” o “vibrar” sin ápice de ironía. Ella practica, me comentó en una ocasión, danza del vientre. Así que la primera vez que escuché follar a este par de memes andantes salí al rellano para comprobar que, efectivamente, habían sido ellos y no otros. No es que sean excesivamente escandalosos. Digamos que lo normal para una pareja de su condición sociodemográfica. Algún ¿te gusta, puta?, algún dame más fuerte. Algún cachete, algún escupitajo. Nada del otro mundo en Villa Vainilla. Salvo que él, cada vez que se corre, grita ¡arriba España!

Una ligera, ligerísima brisa entra por la ventana y decido aprovecharla para tumbarme en la cama. Quizás escuche antes al hombre del tercero D. Alto, fornido, con un espeso bigote y camisetas de grupos de rock para adultos como Queen que trabajan en oficinas. De este señor solo tuve conciencia cuando se mudó la pareja de izquierdas y entonces él colgó una bandera de España con el aguilucho en su balcón. Vive solo, jamás recibe visitas y pone la televisión tan alta como el grandes éxitos de Bruce Springsteen. También el porno. Suele ponerlo en torno a las once de la noche y le gustan las películas que tienen cierto argumento. La mayoría de las veces las sigue viendo después de correrse, como si quisiera saber si la chica del bukake con 16 personas y el repartidor de pizzas que la encuentra de esa guisa terminan enamorados. Me produce cierta ternura pensar que incluso el hombre más solitario y facha del mundo, a oscuras en su saloncito y con la berenjena todavía colgando fuera de los calzoncillos, necesita creer en los finales felices.

Hay una pareja de lesbianas en el segundo a quienes no les hacen falta sardinas para beber agua. Aunque ellas, que trabajan desde casa, suelen preferir el día a la noche para tener relaciones sexuales. Tomás, en el primero, lo dejó hace no mucho con Lorena y ahora se pasa la vida en apps de ligar. Suele follar de madrugada, después de una de esas citas de cervecitas por La Latina o Malasaña, y aguanta hasta el amanecer. Nunca deja que sus ligues se queden a dormir y no suele repetir con la misma. En el fondo, echa de menos a Lorena. Lo sé porque de vez en cuando le oigo llorar.

Cierro los ojos y pienso en todos mis vecinos follando. Quizás ellos se pregunten por qué nunca oyen a la chavalita amable y educada del último piso correrse, ya sea sola o en compañía. Hoy, que el patio está tan tranquilo, podría ser la noche adecuada para demostrarles que yo también estoy aquí. Viva. Como ellos. Llevo mi mano derecha a mis bragas sin mucho convencimiento. De golpe, mis brazos pesan y soy incapaz de abrir los ojos. No me resisto. Por fin, después de tres noches, me sobreviene un inesperado vaivén que me mece hacia el más profundo de los sueños.

Lo último que escucho antes de irme a otro lugar es ¡arriba España!

Beatriz Serrano. Madrid, 36 años. Periodista y escritora. Ha trabajado en medios como Vanity Fair, GQ, Vogue y EL PAÍS. Autora de las novelas El descontento y Fuego en la garganta (finalista del Premio Planeta 2024). Es coautora del podcast Arsénico caviar.


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