Tras la muerte de Franco, una parte de ETA se plantea dejar el terrorismo. El principal defensor de abandonar las armas, Eduardo Moreno Bergareche, alias ‘Pertur’, desaparece misteriosamente en julio de 1976. Desde entonces, la que fue su pareja, Lurdes Auzmendi, intenta averiguar qué pasó. Esta es su historia y la de una época convulsa

Hacía meses que le daba vueltas a una pregunta: ¿quién será? En la casa familiar apareció una fotografía en blanco y negro en la que se ve un rostro oculto por una capucha, los ojos fijos en la cámara, la cabeza ligeramente apoyada en la mano derecha. Le pregunto al autor del retrato, Jesús Uriarte, pero no lo sabe o no se acuerda; me promete que va a mirar en su archivo, y añade: “Debí hacer esa foto en 1975 o 1976, desde luego antes de que empezara a trabajar como fotógrafo en EL PAÍS”. Unas semanas después apunta un nombre, aunque no está seguro. Localizo su teléfono, quedamos al atardecer en una terraza de San Sebastián; ni ella me pregunta para qué, ni yo se lo explico. Es una mujer de unos sesenta y tantos años, con un trabajo como intérprete y traductora de euskera y experiencia de varios años como alto cargo del Gobierno vasco en política lingüística. Supongo que supone que la he llamado por algo relacionado con eso, pero la conversación transcurre un buen rato hasta que me pregunta el motivo de nuestro encuentro. No me ando con rodeos. Le digo que le voy a enseñar una fotografía, y que me gustaría que me dijese si es ella o no. Abro el ipad que llevo preparado. Se queda mirando. La terraza del bar se ha llenado de gente. Al cabo de unos segundos que parecen minutos levanta la mirada y dice:
—Sí, soy yo. Todavía recuerdo aquel jersey azul marino.
Le pido que me cuente su historia. Se llama Lurdes Auzmendi Ayerbe y nació en 1955 en un caserío de Ataun, un pueblo guipuzcoano de unos 2.000 habitantes. Detrás de la capucha, de la mirada en apariencia serena de esa mujer de 21 años que ahora acaba de cumplir 71, se oculta uno de los grandes enigmas de la democracia española, qué pasó con Eduardo Moreno Bergareche, más conocido como Pertur, el joven dirigente de ETA que tras la muerte de Franco abogaba por que la banda terrorista dejara las armas y se reconvirtiera en un partido político. No pudo ser. La última vez que se le vio fue la mañana del 23 de julio de 1976 en la localidad francesa de San Juan de Luz. Iba en el asiento trasero de un Renault 5 azul que conducía Miguel Ángel Apalategui, Apala, y en el que viajaba de copiloto Francisco Múgica Garmendia, Pakito, dos de los jefes etarras partidarios de la línea dura. ¿Lo mataron ellos? ¿O su desaparición fue obra de neofascistas italianos con la complicidad de la Policía española, como sostienen antiguos militantes de ETA y una parte del nacionalismo vasco?

Dos años antes, en la medianoche del 1 de junio de 1974, Lurdes Auzmendi, que en ese momento tiene 19 años, camina por una carretera de regreso a casa. Viene de una fiesta junto a dos amigos. El ambiente político no puede ser más tenso en el País Vasco. El proceso de Burgos —que en 1970 condenó a muerte a nueve miembros de ETA, entre ellos uno del pueblo de la joven— y el consejo de guerra que acaba de sentenciar a muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich han provocado la protesta de miles de personas. Por si fuera poco, hace solo unos días, un comando terrorista ha atracado las oficinas de la fábrica de ferrocarriles CAF en la localidad vecina de Beasain y robado las nóminas de los trabajadores. Las fuerzas de seguridad han puesto en marcha una gran operación para localizar a los autores. “Íbamos caminando casi a oscuras”, relata Auzmendi, “y de repente apareció una patrulla de la Guardia Civil, un coche y una furgoneta. Nos pararon para preguntarnos por un barrio que estaba bastante abajo. Los mapas que llevaban estaban mal y se habían perdido. Nos pidieron la documentación y empezaron a cachearnos”. En ese momento, uno de los amigos de Auzmendi saca una pistola, dispara contra los agentes y consigue huir. El guardia Manuel Pérez Vázquez, de 29 años, natural de una parroquia de Lugo llamada San Romao da Retorta, recibe tres disparos y agoniza allí mismo. La joven y su amigo son detenidos y llevados a la casa cuartel de Ordizia. Los interrogan durante toda la noche, pero por la mañana, sorprendentemente, los dejan en libertad. “Vino el jefe de la comandancia de San Sebastián y nos dijo que se habían dado cuenta de que no teníamos nada que ver; él mismo nos llevó a casa y, al dejarme en la puerta, me da un consejo: ‘Se ve que eres una chica responsable, no te metas en líos’. El otro amigo y yo pensamos que aquello no se iba a quedar así”.
Efectivamente, aquella misma noche, los guardias vuelven para detenerla. Pero Lurdes Auzmendi ya no está. Se oculta durante varios días en un piso en el que —entre otros jóvenes que se esconden de la Policía— conoce a Dolores González Catarain, Yoyes, un año mayor que ella y ya militante de ETA. Días después llega el momento. Auzmendi recibe el aviso de estar tal noche a tal hora en Hondarribia. Desde allí cruza el río Bidasoa en una lancha: “Estaba todo cronometrado, el lanchero sabía hasta a qué hora pasaba la patrullera de la Guardia Civil”. Al llegar “al otro lado” —el País Vasco francés—, Auzmendi informa a los miembros de ETA que la recogen:—Traigo un mensaje importante para Txomin de parte de Yoyes.

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