Tras la muerte de Franco, una parte de ETA se plantea dejar el terrorismo. El principal defensor de abandonar las armas, Eduardo Moreno Bergareche, alias ‘Pertur’, desaparece misteriosamente en julio de 1976. Desde entonces, la que fue su pareja, Lurdes Auzmendi, intenta averiguar qué pasó. Esta es su historia y la de una época convulsa

Hacía meses que le daba vueltas a una pregunta: ¿quién será? En la casa familiar apareció una fotografía en blanco y negro en la que se ve un rostro oculto por una capucha, los ojos fijos en la cámara, la cabeza ligeramente apoyada en la mano derecha. Le pregunto al autor del retrato, Jesús Uriarte, pero no lo sabe o no se acuerda; me promete que va a mirar en su archivo, y añade: “Debí hacer esa foto en 1975 o 1976, desde luego antes de que empezara a trabajar como fotógrafo en EL PAÍS”. Unas semanas después apunta un nombre, aunque no está seguro. Localizo su teléfono, quedamos al atardecer en una terraza de San Sebastián; ni ella me pregunta para qué, ni yo se lo explico. Es una mujer de unos sesenta y tantos años, con un trabajo como intérprete y traductora de euskera y experiencia de varios años como alto cargo del Gobierno vasco en política lingüística. Supongo que supone que la he llamado por algo relacionado con eso, pero la conversación transcurre un buen rato hasta que me pregunta el motivo de nuestro encuentro. No me ando con rodeos. Le digo que le voy a enseñar una fotografía, y que me gustaría que me dijese si es ella o no. Abro el ipad que llevo preparado. Se queda mirando. La terraza del bar se ha llenado de gente. Al cabo de unos segundos que parecen minutos levanta la mirada y dice:
—Sí, soy yo. Todavía recuerdo aquel jersey azul marino.
Le pido que me cuente su historia. Se llama Lurdes Auzmendi Ayerbe y nació en 1955 en un caserío de Ataun, un pueblo guipuzcoano de unos 2.000 habitantes. Detrás de la capucha, de la mirada en apariencia serena de esa mujer de 21 años que ahora acaba de cumplir 71, se oculta uno de los grandes enigmas de la democracia española, qué pasó con Eduardo Moreno Bergareche, más conocido como Pertur, el joven dirigente de ETA que tras la muerte de Franco abogaba por que la banda terrorista dejara las armas y se reconvirtiera en un partido político. No pudo ser. La última vez que se le vio fue la mañana del 23 de julio de 1976 en la localidad francesa de San Juan de Luz. Iba en el asiento trasero de un Renault 5 azul que conducía Miguel Ángel Apalategui, Apala, y en el que viajaba de copiloto Francisco Múgica Garmendia, Pakito, dos de los jefes etarras partidarios de la línea dura. ¿Lo mataron ellos? ¿O su desaparición fue obra de neofascistas italianos con la complicidad de la Policía española, como sostienen antiguos militantes de ETA y una parte del nacionalismo vasco?

Dos años antes, en la medianoche del 1 de junio de 1974, Lurdes Auzmendi, que en ese momento tiene 19 años, camina por una carretera de regreso a casa. Viene de una fiesta junto a dos amigos. El ambiente político no puede ser más tenso en el País Vasco. El proceso de Burgos —que en 1970 condenó a muerte a nueve miembros de ETA, entre ellos uno del pueblo de la joven— y el consejo de guerra que acaba de sentenciar a muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich han provocado la protesta de miles de personas. Por si fuera poco, hace solo unos días, un comando terrorista ha atracado las oficinas de la fábrica de ferrocarriles CAF en la localidad vecina de Beasain y robado las nóminas de los trabajadores. Las fuerzas de seguridad han puesto en marcha una gran operación para localizar a los autores. “Íbamos caminando casi a oscuras”, relata Auzmendi, “y de repente apareció una patrulla de la Guardia Civil, un coche y una furgoneta. Nos pararon para preguntarnos por un barrio que estaba bastante abajo. Los mapas que llevaban estaban mal y se habían perdido. Nos pidieron la documentación y empezaron a cachearnos”. En ese momento, uno de los amigos de Auzmendi saca una pistola, dispara contra los agentes y consigue huir. El guardia Manuel Pérez Vázquez, de 29 años, natural de una parroquia de Lugo llamada San Romao da Retorta, recibe tres disparos y agoniza allí mismo. La joven y su amigo son detenidos y llevados a la casa cuartel de Ordizia. Los interrogan durante toda la noche, pero por la mañana, sorprendentemente, los dejan en libertad. “Vino el jefe de la comandancia de San Sebastián y nos dijo que se habían dado cuenta de que no teníamos nada que ver; él mismo nos llevó a casa y, al dejarme en la puerta, me da un consejo: ‘Se ve que eres una chica responsable, no te metas en líos’. El otro amigo y yo pensamos que aquello no se iba a quedar así”.
Efectivamente, aquella misma noche, los guardias vuelven para detenerla. Pero Lurdes Auzmendi ya no está. Se oculta durante varios días en un piso en el que —entre otros jóvenes que se esconden de la Policía— conoce a Dolores González Catarain, Yoyes, un año mayor que ella y ya militante de ETA. Días después llega el momento. Auzmendi recibe el aviso de estar tal noche a tal hora en Hondarribia. Desde allí cruza el río Bidasoa en una lancha: “Estaba todo cronometrado, el lanchero sabía hasta a qué hora pasaba la patrullera de la Guardia Civil”. Al llegar “al otro lado” —el País Vasco francés—, Auzmendi informa a los miembros de ETA que la recogen:—Traigo un mensaje importante para Txomin de parte de Yoyes.

Unas horas más tarde, aquella joven de 19 años se encuentra en un lugar desconocido de Francia en presencia de Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, uno de los máximos dirigentes de ETA. “No me acuerdo de cuál era el mensaje ni si fue en Biarritz o en Bayona”, explica Auzmendi, “pero sí de la impresión que me causó aquel tipo imponente, grande como un armario, que se levantó de la cama en medio de la madrugada para escuchar aquello tan importante que tenía que decirle”.
Lo que Lurdes Auzmendi ha contado hasta ahora, y lo que irá añadiendo durante más de dos años de conversaciones, se parece mucho al proceso de construcción de un terrorista. A finales de los sesenta y principios de los setenta, “había lista de espera para entrar en ETA”. La frase no es de alguien cercano a la banda armada, sino todo lo contrario. Carmen Ladrón de Guevara es abogada, y dirige el equipo jurídico de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Los datos que ofrece no dejan lugar a dudas: “Aquel fue el periodo de mayor popularidad de ETA, sobre todo entre los más jóvenes. El proceso de Burgos en 1970 o en 1973 el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco [presidente del Gobierno de Franco] provocaron una corriente de simpatía. El 50% de los que ingresaban en ETA eran jóvenes de entre 20 y 22 años, en su mayor parte estudiantes, muchos de ellos procedentes de la pequeña burguesía vasca”.

Auzmendi es la menor de 12 hermanos —seis mujeres y seis hombres—, sus padres se dedican a la agricultura y la ganadería, viven de forma holgada, su idioma de todos los días es el euskera, y aunque en el caserío no se habla de política, ella y algunos de sus hermanos se rebelan ante una dictadura que trata de frenar su agonía acentuando la violencia. Detenciones arbitrarias, torturas en comisaría, penas de muerte que, como en el caso de los condenados en el proceso de Burgos, solo se conmutan por la presión internacional y la petición de clemencia del papa Pablo VI, que tenía a dos sacerdotes entre los encausados. En otros casos, como el de Puig Antich, la dictadura muestra su verdadero rostro. El joven, de 24 años, es ejecutado a garrote vil, una tuerca alrededor del cuello y un tornillo que destroza la columna.
—Nos encerramos en la iglesia del pueblo, organizamos manifestaciones… En una de ellas me detuvieron por tirar octavillas y me metieron tres meses en la cárcel de Martutene. Cuando regresé al instituto, la directora me dijo: ‘Lo siento, pero con una causa pendiente no puedes seguir estudiando’.
El asesinato del guardia civil —aunque ella no participase, ni llevara pistola, ni supiera que la portaba su amigo— da un giro radical a su vida, y ahora —mediados de junio de 1974— ya está en el sur de Francia, a bordo de un coche que conduce José Ignacio Múgica Arregui, alias Ezkerra. No sabe adónde la lleva, pero sí que pasan por el monasterio benedictino de Belloc, donde ETA aprobó en 1962 su declaración fundacional. También se entera de que Apala, el amigo que disparó al guardia civil, forma parte de la banda terrorista. Por fin llegan a un caserío. El dirigente etarra le ordena: “Te vas a encargar de preparar la comida a la gente que va a ir llegando a unos cursillos. También tendrás que cuidar de los hijos de algunos refugiados”. Los cursillos consisten en clases de historia de Euskadi, marxismo leninismo y lucha obrera; por la tarde se imparten instrucciones básicas para armar y desarmar pistolas y metralletas.
—Allí fue donde conocí a Pertur.
Sí, la mujer de la capucha fue la novia de Pertur.

Eduardo Moreno Bergareche es uno de los instructores de política e historia. Tiene en ese momento 23 años, y lleva apenas dos residiendo en el sur de Francia bajo el estatus de “refugiado político”. El apodo de Pertur se lo había puesto el dueño de un bar de la plaza de la Constitución de San Sebastián porque el joven, el segundo de siete hermanos de una familia de industriales, estaba siempre haciendo bromas. “Una de ellas”, recuerda el guionista y productor de cine Ángel Amigo, “era subirse a un ventanal que daba a la plaza y hacer como que estaba dentro de una televisión. El del bar le gritaba entre risas: ‘Bájate de ahí, perturbado, que te vas a caer’. De ahí viene lo de Pertur”. Hay un momento en que, como le sucedió a Auzmendi aquella madrugada del tiroteo, Moreno Bergareche pasa de las palabras a los hechos, del simple activismo juvenil contra la dictadura a la militancia en una organización armada. Según Inés Moreno Bergareche, que ahora tiene 69 años y atiende a las preguntas en el patio de un hostal de Hendaya, el carácter y la vida de su hermano Eduardo había dado un vuelco una noche de Navidad de 1968: “Tocaron el timbre de casa y abrí yo. Eran dos policías. Preguntaron por Álvaro Julián Moreno Bergareche. A mi madre le cambió la cara. A los dos minutos bajó mi hermano Álvaro del piso de arriba, esposado entre los policías, demudado, blanco. Le dijeron que cogiera sus cosas porque se lo llevaban desterrado a Navarredonda de Gredos, en Ávila, por motivos políticos. Cuando, más tarde, llegó a casa mi hermano Eduardo y supo lo que había pasado entró en cólera. Siempre he pensado que aquello determinó muchísimo lo que vino después. Eduardo era simpático y muy gamberro, pero también pasional y con un gran sentido de la justicia. El día que nos enteramos de que estaba en ETA y se había fugado a Francia fue una gran conmoción para toda la familia”.
Lurdes Auzmendi y Moreno Bergareche se hacen novios enseguida. Aquel tipo no se parece a los militantes que la joven ha conocido en las últimas semanas. Es amable con ella, divertido, y lleva siempre consigo una guitarra que aprendió a tocar en sus años de colegio en los marianistas y de universidad con los jesuitas. La situación dentro de la cúpula de ETA no puede ser más tensa. “Yo vivía en una especie de burbuja, porque él siempre evitó contarme demasiadas cosas para que tampoco tuviera luego esa carga, pero me acuerdo del atentado de la calle del Correo”. El día 13 de septiembre de 1974, apenas tres meses después de que Auzmendi se refugiara en Francia, se produce en Madrid el atentado de la cafetería Rolando. Mueren 13 personas y más de 60 resultan heridas. Aunque ETA no asume el atentado oficialmente hasta 2018, la magnitud de la masacre provoca una fractura en la cúpula de la organización en Francia. “Hubo un revuelo tremendo”, recuerda Auzmendi, “cuchicheos, conciliábulos; no sabíamos todos los detalles, pero sí que fue ETA y que había sido muy grave. Creo que esa fue la semilla de la escisión que vino después”. Tras la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, la situación ya es crítica en la dirección de la banda. Hay quienes —liderados por Pertur— preparan las bases para una salida política al terrorismo y otros que siguen apostando por las armas. “Eduardo escribe y escribe”, recuerda Auzmendi, “siempre había tenido noticias de lo que sucedía en España; hablaba con abogados, escritores, y por eso era consciente de que las cosas estaban cambiando”. Al cabo de los años, una investigación judicial determina que Moreno Bergareche llegó a establecer comunicación con Manuel Fraga Iribarne —ministro de Franco y vicepresidente de Interior en el Gobierno de Arias Navarro— a través del abogado Juan María Bandrés. A veces era su madre, María Teresa Bergareche, una señora bien de San Sebastián de toda la vida, la que lo pasaba de un lado a otro de la frontera escondido en el maletero de su coche. “Le decíamos ¡mamá, por Dios!”, cuenta la hermana de Pertur, “pero ella ponía una cara que venía a significar un hijo es un hijo”.
Lo que sucede a continuación supone otro giro de guion, a peor, como casi siempre en esta historia. El 18 de marzo de 1976, ETA secuestra al industrial Ángel Berazadi, director gerente de la fábrica de máquinas de coser Sigma. Natural de Zarautz, tiene 58 años, casado, padre de seis hijos, habla euskera, es un gran defensor de la cultura vasca y, como tantos otros empresarios, ya ha recibido una carta de ETA exigiéndole el llamado “impuesto revolucionario”. Los secuestradores pertenecen a los bereziak, los temibles comandos especiales que están radicalmente en contra de la línea política. Fijan un rescate de 200 millones de pesetas. El padre de Pertur, amigo de la familia Berazadi, cruza la frontera y pide a su hijo que intente mediar. Lo hace. Llega a un acuerdo sobre el dinero con la familia del industrial y lo traslada a la dirección de la banda. Se reúnen seis dirigentes y votan. El único voto contrario a la ejecución del secuestrado es el de Pertur. La madrugada del 8 de abril, la Policía encuentra el cadáver. Lo han dejado tirado en la cuneta de una carretera comarcal, tendido boca arriba, con los ojos cubiertos por unas gafas de soldador y un tiro en la nuca. Sus muñecas tienen marcas de grilletes. Junto al cuerpo hay siete balas sin disparar. ETA siempre fue una organización mafiosa, pero aquella vez puso gran esmero en dejarlo claro.
—¿Y los miembros del comando no pudieron negarse a un asesinato así, a sangre fría?
—Era gente que tenía 18 años… Creo que el mayor de ellos tenía 20 —contesta Auzmendi—. Nunca nadie se saltó una orden. ETA no aceptaba negativas. El que desobedecía una orden ya sabía lo que le pasaba.

Aquel fue el primer secuestro que acababa en asesinato. ETA envió un par de mensajes. Uno hacia dentro de la organización —la vía política de Pertur nacía muerta— y otro hacia fuera, dirigido a los empresarios que se resistían a pagar. Una buena parte del éxodo silencioso de empresarios, comerciantes y profesionales vascos hacia otras regiones de España empezó entonces. A quienes no podían o no querían pagar la extorsión, solo les quedaba vivir escoltados o marcharse; cuando ETA descubrió que muchos empresarios se comían en soledad su angustia y su miedo, las cartas con el sello del hacha y la serpiente empezaron a llegar a sus familiares más cercanos.
El crimen de Ángel Berazadi provoca tal repercusión en la sociedad vasca que Pertur solicita una “conferencia de cuadros” previa a la gran asamblea prevista para el verano de 1976. El encuentro se fija para mediados de mayo, pero dos días antes unos militantes del ala dura se presentan en su piso de San Juan de Luz y lo secuestran. Lo acusan de indisciplina, de fuga de información, de establecer contactos con los presos de la banda sin autorización. El día de la asamblea, los participantes se preguntan dónde está Pertur. Lurdes Auzmendi resalta la gravedad del momento: “Los bereziak informan de que lo tienen retenido. Se vota si debe ser liberado. Votan a favor 33 y en contra 30. Eduardo se salva por solo 3 votos de un juicio sumarísimo que sabe Dios cómo podría haber terminado…”. Después de aquel incidente, la pareja se separa durante unas semanas porque Auzmendi tiene que desplazarse a un caserío de la organización. Se ven poco y a salto de mata.
El 11 de julio, Pertur le escribe a Lurdes una carta de cinco folios. La data en Donibane, el nombre en euskera de San Juan de Luz. El principio es el de una carta de enamorados, pero enseguida advierte a su novia de la gravedad de la situación: “Estos bestias han creado un clima tal en la Organización que han transformado ETA en un Estado-Policía donde cada uno sospecha del vecino. Existen auténticos histéricos que no ven sino conspiraciones por todos lados. No estoy bien, no logro zafarme de esa dinámica infernal de las conspiraciones, del infundio, de la mentira, de esa dinámica que tiende a eliminar rivales políticos en nombre de la disciplina, la seguridad. La situación es muy grave. A veces pienso que lo mejor es mandar todo a tomar por culo, pero me contengo pensando que no podemos dejar ETA en manos de 4 enfermos mentales. Un muxu [beso] enorme de quien te quiere con todas sus fuerzas. Pertur”.
Doce días después, Pertur desaparece. Para siempre.
Han pasado casi 50 años. En las oficinas de un juzgado de la Audiencia Nacional reviso el sumario de la investigación que, en 2008, instruyó el juez Fernando Andreu para esclarecer —32 años después de los hechos— la desaparición de Moreno Bergareche. Son cajas y cajas repletas de legajos que ya amarillean. Ahí están los periódicos de la época con la fotografía del “activista de ETA Pertur” y un titular que se interroga a toda página: ¿Secuestrado?; los pasquines de grupos de ultraderecha que reivindican la acción; hay una lista de apellidos vascos, y otra, de italianos. El instructor pretende, en primer lugar, averiguar cuál de las dos versiones que se habían barajado era la cierta, si fue ETA la que hizo desaparecer a Pertur o si fueron los servicios secretos españoles aliados con neofascistas italianos. En segundo lugar, el magistrado pretende ofrecer a los padres de Moreno Bergareche —Marta y Álvaro—el consuelo de saber que, aunque 30 años tarde, la justicia se ocupa por fin de su hijo. Entre los documentos del sumario hay una hoja suelta en la que se ve un croquis con la supuesta localización de los restos de Pertur. Inés Moreno Bergareche recuerda la zozobra de la familia cada vez que llegaba un soplo, un rumor, una supuesta noticia en ese sentido: “En 1997, al abogado Juan Mari Bandrés le llegó una pista que indicaba que mi hermano podía estar enterrado en el cementerio de Biriatu. Hubo un gran despliegue de la policía francesa. Buscaron durante horas. Luego me llamó mi madre y me dijo: ‘Los restos no son de Eduardo’. Aquello le cayó como una losa. Se echó a llorar desconsolada. Fui a casa corriendo y la abracé. Estaba destruida. Necesitaba cerrar esa herida. Pensé: a esta mujer no la van a dejar morir en paz”. En 2012, el juez archiva la investigación sin resultados.
Estamos de nuevo en 1976. Es sábado, 24 de julio. Lurdes Auzmendi, que en ese momento se encuentra viviendo en uno de los caseríos de la organización, recibe la visita de Javier Garayalde, alias Erreka, uno de los compañeros más cercanos de Moreno Bergareche. “Llega acompañado de su pareja, y me dice: ‘Lurdes, te tienes que venir con nosotros. Desde ayer por la mañana no sabemos nada del paradero de Pertur”. Dice Auzmendi que en San Juan de Luz empiezan a reconstruir las últimas horas de Pertur. En resumen —y teniendo también en cuenta lo que logró averiguar el magistrado Fernando Andreu—, el viernes 23, Pertur sale a las nueve de la mañana de su apartamento en el barrio de Urdazuri. Unos días antes, alguien no identificado ha dejado una nota dirigida a él en el mostrador de la librería Mugalde de Hendaya. Es uno de los métodos habituales de comunicación de los militantes de ETA. Ni que decir tiene que en aquella época no había móviles ni correos electrónicos, y aunque la policía francesa aún hace la vista gorda con respecto a la banda armada, intentan que sus movimientos pasen inadvertidos. La cita es para las diez de la mañana en el bar Consolation de San Juan de Luz, pero nadie dice haberlo visto allí. Sí hay testigos de que a primera hora se le vio en el asiento trasero de un coche —aquel Renault 5 azul—conducido por Apala y en el que Pakito ocupa el asiento del copiloto. Hay incluso un testigo que asegura haber cruzado alguna broma con Pertur, aprovechando que el tráfico era lento a esa hora en la céntrica calle Gambetta. Por su parte, Pakito declara horas ante la policía francesa que Apala y él se habían encontrado a Pertur y que les había preguntado si lo podían acercar a Behobia —en la frontera con España— porque tenía allí una cita. Ellos le habrían dicho que sí porque iban a Hendaya y les cogía de camino.
Qué es verdad y qué es mentira, no se sabe. A Lurdes Auzmendi aquella versión nunca le convenció: “Según ellos lo dejan en Behobia y luego se le pierde el rastro. Qué curioso que Pertur se lo pidiera a ellos dos, que precisamente pertenecían a los bereziak, el grupo que lo había secuestrado… Yo tenía muy reciente la carta que me había enviado Pertur, en la que me advertía de que podían hacerle cualquier cosa”. Y añade: “Lo que sí tuve claro desde el principio es que, si había desaparecido, no volvería a aparecer. Y que, si aparecía, no sería vivo”.
Es sábado, 25 de septiembre de 1976. Hace dos meses que ha desaparecido Pertur. Una veintena de periodistas —españoles, franceses, alemanes e ingleses—han sido convocados a una cita en un lugar del sur de Francia, muy cerca de la frontera. Unas horas antes, cambian el sitio del encuentro, y también el periódico que deben llevar bajo el brazo a modo de contraseña. Uno de esos periodistas es Jesús Ceberio, que en aquel momento era el corresponsal de EL PAÍS en Euskadi y luego fue director del periódico. Otro, el fotógrafo Jesús Uriarte, que aún no trabajaba para este diario y que recuerda que les vinieron a recoger varios coches, les pusieron gafas ennegrecidas —en otras ocasiones habían utilizado directamente capuchas— y dieron vueltas para desorientarlos hasta llegar al lugar de la conferencia de prensa: una nave con las paredes encaladas. En la hoja de contactos de las fotografías que tomó Uriarte antes de que tres encapuchados entraran en la sala, se observa que los terroristas han dispuesto unas mesas con botellas de vino tinto, embutidos y pan de molde. La crónica de Ceberio —firmada en San Juan de Luz aunque en el antetítulo se aclara que la rueda de prensa tiene lugar “en algún punto del sur de Francia”— explica: “ETA anuncia su división. Mantendrá la lucha armada, al tiempo que algunos de sus militantes abandonan la organización para dedicarse, de forma exclusiva, a la promoción de un partido abertzale de izquierda. Son los acuerdos adoptados por la banda terrorista en el transcurso de la VII asamblea celebrada hace un par de semanas”. Solo al final de la rueda de prensa, los portavoces de la organización armada hacen una breve referencia a Pertur. Apuntan a tres misteriosos ocupantes de un Seat 850 blanco aparcado frente a la localidad francesa de Biriatu, y añaden: “No descartamos que haya existido una colaboración por parte de algunos cuerpos especiales de la policía francesa”. Dice Auzmendi que, cuando recuerda aquellos días, siente rabia: “Me digo que es imperdonable que en aquel momento no nos metiéramos todos a investigar qué hubo, qué pudo pasar, no haber presionado más a la policía francesa, que no hizo nada por saber la verdad. Se lo tomarían como un ajuste de cuentas entre etarras, y a tomar por saco. Que no se haya sabido nada me sigue doliendo en lo más profundo. Álvaro, el padre de Pertur, siempre me decía lo mismo cuando nos encontrábamos: ‘La última vez que vi a mi hijo Eduardo me dio un abrazo distinto, especial. Yo creo que sabía lo que le iba a pasar”.
Tras aquella rueda de prensa, Lurdes Auzmendi abandona la banda y un mes después vuelve a España libre de cargos. Consigue un trabajo en una revista semanal en euskera y unos años después entra en los informativos de Radio Euskadi. Allí está cuando, el 10 de septiembre de 1986, se entera de que ETA acaba de asesinar en Ordizia a Dolores González Catarain, Yoyes, aquella joven que había conocido en el piso en el que se ocultó tras el tiroteo con la Guardia Civil y que le había dado un mensaje para Txomin. Yoyes había sido la primera mujer en la dirección de ETA, pero en 1980, tras un enfrentamiento con la línea más dura, se apartó y huyó a México, donde estudió y trabajó. A finales de 1985, regresó a España con su marido y su hijo. Tras una consulta interna, Pakito, que era de su mismo pueblo, ordenó el asesinato. La mataron mientras paseaba a su hijo de tres años. Durante mucho tiempo, aquel niño siguió preguntando a su padre: “Amatxo non dago?” [¿mamá dónde está?].
Cuando Lurdes Auzmendi —todavía conmocionada por el crimen—llega a la redacción de Radio Euskadi le dicen que hay que utilizar la frase habitual para informar de los asesinatos: “Ha muerto a causa de disparos”. Ella se niega: “Ya está bien. Diré que ha sido asesinada por ETA delante de su hijo”. Es la última gota. Se va de la radio y, como tantos otros jóvenes vascos que en los últimos años de la dictadura habían simpatizado o incluso militado en la banda armada, se da cuenta de que, muerto Franco, la nueva dictadura del terror es precisamente ETA. Cada vez que hay un asesinato o un secuestro se manifiesta frente a los simpatizantes de Herri Batasuna que siguen defendiendo la lucha armada: “Los exmilitantes todavía no han hecho un análisis sincero sobre lo que hicieron. Nunca lo han hecho. Nunca. Y estamos ante el riesgo clarísimo de que se eche tierra sobre las barbaridades y las salvajadas que hicieron”. Durante sus años al frente de la política lingüística del Gobierno vasco, Auzmendi tiene que llevar escolta. De alguna manera, esa imagen cierra el círculo.
La primera de nuestras entrevistas a Auzmendi se celebró hace unos años. La última, hace un par de semanas. No hay contradicciones en el relato de los hechos, pero sí un cambio de tono muy evidente. Si la primera se produce como respuesta al interés por las circunstancias que rodearon aquella foto, y ella lo hace escudriñando en sus recuerdos —como si se adentrase con cautela en un pueblo abandonado—, la última es el resultado de unos meses frenéticos de investigación. Siente —y lo reconoce abiertamente— que el 50º aniversario de la desaparición del dirigente de ETA es la última oportunidad de encontrar una pista definitiva, arañar una confesión, remover alguna conciencia, de que algún antiguo militante de la organización terrorista envíe un mensaje anónimo.

Hace unos días, acompañé a Lurdes Auzmendi en su último viaje a San Juan de Luz tras la memoria de Eduardo Moreno Bergareche. Iba con Óscar, su marido, que es el muro paciente en el que se agarra como una enredadera cuando la desesperanza se apodera de sus fuerzas. Desandan de nuevo el camino que recorrió Pertur aquella mañana. Hay una pregunta recurrente. ¿Quién puede saber algo? Sobre Apala y Pakito siguen recayendo las principales sospechas, pero por el momento no hay nada que hacer. Lo último que se sabe de Apala es que sigue viviendo en Cuba, donde rehízo su vida después de un tiempo de guerrillero en Nicaragua. Varias fuentes aseguran que un día, enfadado por que le preguntasen por Pertur, soltó: “Está muerto y bien muerto está. Lo tiramos al mar y allí nadie lo va a encontrar”. Hasta hace unos pocos meses, Pakito vivía en Ordizia tras pasar más de 20 años en prisiones de Francia y España. Le hacemos llegar una pregunta: ¿qué pasó con Pertur? La respuesta es: “Ya declaré lo que tenía que declarar. No tengo más que decir. He pasado página”. ¿Quién más puede saber? Llamo a Rodolfo Martín Villa, ministro de Gobernación e Interior en el primer Gobierno de Adolfo Suárez. Atiende con amabilidad y buena memoria, pero sin ningún dato nuevo que aportar. “Llegué al ministerio el 9 o el 10 de julio de 1976 y Pertur desapareció el día 26. Nombré como director general de Seguridad a Emilio Rodríguez Román, que precisamente había sido hasta ese momento gobernador civil de Gipuzkoa. Con él hablé mucho de ese tema, y él aseguraba —bajo palabra de honor— que había sido ETA”. Y añade: “En aquel tiempo la población tenía más sospechas de la Policía y la Guardia Civil que de la propia ETA”. Otro testigo de la época es Ángel Amigo, que fue uno de los 24 presos de la organización terrorista que se fugaron de la cárcel de Segovia y luego hizo el guion de la película de Imanol Uribe. Amigo —al igual que el abogado Martín Auzmendi, hermano de Lurdes— se inclina más por la versión de que fueron los servicios secretos españoles en colaboración con neofascistas italianos. Pero Amigo deja en el aire esta frase: “No creo que Apala y Pakito mataran a Pertur, pero eran capaces de eso y de más, que si se ponen a hacerlo lo hacen”.
A 600 kilómetros de Ataun, el pueblo de Apala, está la parroquia lucense de San Romao da Retorta. Carmen Pérez Vázquez cuenta que eran cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas, y que Manuel, el mayor, se metió a guardia civil: “Mis padres eran pobres, y él les iba ayudando en lo que podía”. Cuando, aquella madrugada de junio de 1974, el terrorista Apala asesinó a Manuel, su madre se envolvió en una tristeza que ya no abandonó hasta su muerte. “Cada noche”, recuerda Carmen, “mi madre se tapaba con la capa de guardia civil de su hijo muerto. Nosotros le decíamos que no lo hiciera, pero ella respondía: ‘Yo tengo tres hijos, pero me falta uno”.
Dice Inés Moreno Bergareche, la hermana de Pertur, que su madre, cuando ya sabía que a ella no le iba a quedar tiempo de encontrar los restos de su hijo ni de saber qué le había pasado, la sentó en su cama y le hizo un encargo:
—No dejes de buscar a Eduardo.

Sobre la firma
Es reportero de EL PAÍS. Sevilla, Madrid, San Sebastián, México, Roma. Le hizo la última entrevista a Camarón y la primera al papa Francisco.
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