Argüello sin freno
Al hablar de “una banda de ladrones” para referirse al Estado, el líder de los obispos españoles desoye las palabras del Papa en favor del respeto y el diálogo

Ha transcurrido un mes desde que, en la tribuna de oradores del Congreso, el Papa León XIV pidió solemnemente respeto y diálogo en la vida pública e hizo un llamamiento general a reducir la polarización y la desconfianza. Pero las palabras de Robert Prevost parecen haber caído en saco roto. Es lo que se deduce de las palabras del presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Luis Argüello, que este jueves señaló, en una salida de tono extemporánea y de brocha gorda, que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones”, y acusó a los gobiernos progresistas de los últimos años de tener un fantasmagórico plan de “deconstrucción antropológica”.
Cualquier institución y sus representantes tienen un derecho legítimo a la expresión política, y es el caso de la Iglesia católica y sus obispos. Pero estas declaraciones de Argüello incurren en una tosca manipulación que no ayuda en nada a rebajar la tensión política e ideológica en España.
El presidente de la CEE, también obispo de Valladolid, lanzó su carga en un foro sobre el “colapso de la democracia”. Tras citar a san Agustín, padre espiritual de la orden a la que pertenece el Papa y autor de la frase que indica que la pérdida del sentido ético del Estado fomenta el robo y la corrupción, el prelado se despachó con un “a las pruebas me remito” para sugerir que existe un paralelismo con la España actual. La comparación no se sostiene, ni como figura literaria, además de resultar argumentativamente pobre, porque ni la España del siglo XXI es el norte de África del año 400 ni, desde luego, Argüello es el santo de Hipona.
Y no fue el único sobreentendido o provocación gratuita de una intervención en la que Argüello calificó las ayudas que el Estado presta a diferentes colectivos en dificultades como “paguitas”, la misma terminología que emplean partidos como Vox, o invocó la teoría según la cual existe un plan para reducir la población mundial supuestamente orquestado por “grandes fundaciones estadounidenses”. Puro conspiracionismo, impropio de un representante de la primera confesión religiosa en España. Aunque no es la primera vez que este obispo azuza la polémica, hasta el punto de haber pedido la convocatoria anticipada de elecciones generales, o de haber replicado esta semana al llamamiento del Gobierno a la moderación y al respeto en la relación entre Iglesia y Estado con otra afirmación sorprendente: “Cada uno verá por qué se siente aludido”.
“Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje”, avisó el Papa el 8 de junio en Madrid, y añadió: “La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”. O en la Conferencia Episcopal lo que dijo León XIV no se entendió bien o ya ha caído en el olvido. Pero su exhortación a rebajar la polarización tiene más sentido que nunca. El obispo Argüello debería ser el primero en saberlo.
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